Capítulo 6: "Compañeros de juegos"

Todas reunidas, comentamos y charlamos en un tono medio-bajo. Con los segundos cubatas de la noche en la mano brindamos por lo que será la mejor de todas las fiestas. El ambiente comienza a calentarse y los temas pasan del terreno personal, donde se comentan en tonos burlescos las "hazañas" de nuestros amantes y sus regalos, vivencias y curiosidades, a la descripción milimétrica de algunas escenas sexuales en la medida que aumentan las rodas de chupitos. El ambiente está más que encendido y nos abandonamos a la noche…

Estamos borrachas. Ni ebrias, ni ‘contentillas’ ni con el punto. Borrachas. Muy borrachas. Algunas más que otras, cierto, pero todas en el punto de necesitar salir a bailar, en un intento de bajar los grados de alcohol en sangre, pero sin ser muy conscientes de la música que se escucha en ese momento en el local.

Inspecciono la zona de baile en busca de algún grupo de chicos interesante y encuentro uno resguardado en la esquina contraria a la nuestra.
- ¿Qué miras Claudia? – me pregunta Silvia.
- Inspecciono el terreno – le contesto mientras río entre dientes.
- ¿Ya estás en el ‘modo caza’? – pregunta Clara en un tono casi reprobatorio.
El ‘modo caza’ es toda una filosofía en mí que sale automáticamente en noches como éstas, especialmente, en las noches en el que el sexo es el tema principal de nuestras conversaciones. Tampoco es que buscara algo en concreto pero a menudo me veía a mí misma considerando el terreno, porque para mí, toda aquella actitud suponía más un juego donde debía alcanzar ciertos objetivos. Algo similar a lo que pasa en los videojuegos pero llevado a la vida real, aunque no siempre lo que buscaba era llevarme a alguien a la cama, tan sólo entretenerme por un rato. Lo cierto es que nunca fui de largas conversaciones, sobre todo borracha y cuando alcanzaba el límite, mi mente se distanciaba de aquella mesa y me encontraba recorriendo con la mirada nuestros alrededores.
- ¿... y qué? ¿Algo interesante? – me preguntó Silvia unos sus grandes ojos verdes repletos de interés.
- Mucho niñato. La mayoría borrachos. Pero hay un grupo justo en frente nuestro que parecen interesados… Llevan un rato mirando hacia nosotras calculando, intuyo, la ‘estrategia de acercamiento’ – le contesté complacida ante mi detallado análisis perceptivo a pesar de mi considerable ‘cogorza’.
- Cada día me sorprendes más Claudia. ¿Cómo era capaz de ser tan consciente de todo? Eres como un buitre… - rio María.
- Pero yo no como carroña, bonita. – aplaqué.
- ¿Segura? – insistió Clara.
- Ja, ja, ja. Muy graciosa. – respondí.
- No, pero en serio, mientras se deciden a ‘atacar’ o no, dinos, ¿cómo lo haces? – me calmó Ana.
- Bueno no es algo que… - comencé a explicar pero, entonces, de entre las sombras de la barra apareció Alberto con una bandeja llena de chupitos.
- Hola chicas ¿cómo va la noche? – interrumpió.
- Fabulosa, ¿y la tuya? – escupió María mientras daba un codazo a Silvia, quien el rubor producido por el alcohol ocultaba la rojez natural que le producía la presencia de Alberto en nuestra mesa.
- Mal, pero espero que mejore… - contestó mientras intensificaba la mirada a Silvia, quien parecía empequeñecerse en la silla por momentos. -…como la vuestra, que no parece ir mal. –siguió mientras señalaba al grupo de chicos que continuaban espiando desde la otra punta de la zona de mesas. – Esto es para vosotras, de su parte. – Acabó mientras dejaba sobre la mesa la bandeja de chupitos.
Había sembrado la semilla desde hacía aproximadamente media hora a través de un juego de miradas y ahora tocaba regar. Así que, antes de que aprovechen la oportunidad, me veo a mi misma cargada de coraje, agarrando uno de los chupitos de la bandeja metálica y acercándome con él hacia la zona de juego sin ser muy consciente de las reacciones que había dejado, lejos ya de mi mesa.
- Hola. He pensado que si vais a invitarnos a chupitos lo menos que podía hacer es agradecéroslo en persona. – y mientras acababa esa arriesgada frase que había dejado tras de sí caras de sorpresa y desconcierto – me acabé el chupito y girándome sobre mis tacones dejé caer una sonrisa pícara y un – Gracias - que sonaba más a invitación que a despedida.
Y mientras intentaba –porque no estaba muy segura de poder hacerlo– mantener la estabilidad sobre los tacones para volver sobre mis pasos esperaba que alguno fuera lo bastante interesante como para devolverme alguna respuesta inteligente que no ahogase mis ganas de jugar. Y es que lo difícil del ‘modo caza’ no era encontrar objetivos sino que esos objetivos mantuvieran mi interés hacia ellos. El más rápido en responder a mi reto se llevaría el premio, así de sencillo.
- ¿Siempre eres así de agradecida? - Escuché de refilón, y supe por el tono que era de los míos.
- Depende de si lo que me ofrecen es bueno… - contesté mientras me paraba en seco, buscando sutilmente con la mirada aquella voz.
No siempre arriesgar sale como una espera. Generalmente mis atrevimientos dan frutos pero, en otras ocasiones, especialmente si se trata de ‘niños’ o ‘hombres inmaduros’, pueden derivar a situaciones incómodas en las que la principal sensación es la arrogancia y contestan pensando que lo que has pretendido es ‘vacilarles’.

No había sido el caso y para cuando volví a estar en frente de ellos, un chico de ojos oscuros como la noche sonreía, más para sí mismo que para mí. El objetivo estaba fijado.
- ¿Y lo es? – continuó retándome.
- Bueno, si ya habéis terminado de espiarnos podríais venir a nuestra mesa y lo averiguamos juntos. – respondí complacida por mi lucidez.
Estábamos en tablas. Él había conseguido la invitación y, sin duda, mi interés pero yo, además de un chupito gratis, había ganado el primer round dialéctico. ¿Había dicho que yo no era de conversaciones? Bueno, eso dependía del tipo de conversación y lo que trajera implícito en ella.

Mientras me dirigía de nuevo a nuestra mesa –aunque esta vez con compañía- me di cuenta que Alberto seguía en ella, de pie, mirándome con ojos sorprendidos casi tanto como el del resto de mis amigas, aunque en ellas había algo más, un reflejo ávido de información y de picardía.

Los chupitos seguían sobre la bandeja que aún sostenía Alberto sobre la mesa. Y es que aunque para mí el tiempo se había paralizado lo cierto es que todo había ocurrido demasiado rápido. Tanto como el tiempo en que tardamos en llegar a la mesa y acomodarnos en ella aunque algo más apretados que antes.

Alberto desapareció no sin antes guiñarle de nuevo un ojo a Silvia y dejar caer una mirada sospechosa sobre mí. Mirada que ignoré rápidamente ya que tenía cosas mejores que hacer, como analizar los lugares en los que se habían sentado nuestros acompañantes.

Por mi experiencia, no siempre el interés de un chico va directamente relacionado con el hecho de que se siente o no cerca de tuyo. Más bien determina el carácter que tiene. Si se sienta a mi lado puede ser más simple de lo que parecía en un principio ya que necesita la proximidad física para entablar complicidad o puede significar que es territorial y necesita ‘mearme’ encima para hacer saber al resto que ya ha elegido su porción de pastel. Un pastel que se ha repartido mucho antes de que yo me acercara.

Si elige sentarse en frente puede significar que le gusta la confrontación bien entendida, encararme cara a cara y puede que sea tan analítico como yo. Incluso, aunque sea mucho suponer, puede ser que quiera hacer de mis amigas un aliado fácil o, simplemente, no está cerrado a otras posibilidades. Puede que no haya seguido su plan inicial y no sea la porción elegida pero aún me quede posibilidades, en caso de que esté interesada…

El tercer caso, es que la posición del chico se encuentre lejos de mi campo de visión. Si es el caso, hay que abortar misión porque no es mi batalla.

Sin embargo, éste juego analítico pierde su efecto si el espacio es reduce y no queda otra opción que ‘acomodarse’ dónde y cómo se pueda. Y, en este caso, la regla casi se cumple pero aún queda espacio para intuir como queda repartida la tarta.

Eran cuatro chicos de entre 25 y 27 años. Lo que no estaba mal para las tres solteras del grupo. Había donde elegir y le daba la oportunidad de que uno de ellos no se quedara sólo, en caso de que la noche diera sus frutos.

De hecho, me gustan los grupos lo suficientemente grandes como para que el aguafiestas de turno –que nunca pierde la oportunidad de hacerse notar - no decidiera marchase llevándose consigo algún amigo clasificado de ‘oportunidad’ para nosotras. En este grupo se llamaba Andrés y, como suele pasar en muchos casos, era el más atractivo de todos. Tiene esa belleza evidente que él conoce muy bien y la inexperiencia que le dan sus 26 años de escasos fracasos. Era evidente que estaría interesado en lo que –intuyo- es su prototipo: rubia y de ojos verdes, pero lo que no sabe es que Silvia, sentada a su lado, ya tiene planes tras la barra, por lo que Andrés se postula claramente como el aguafiestas de la noche.

Sergio es el más joven de ellos. Con 25 años es evidente que le intimida estar junto Andrés ya que es consciente que su atractivo no es comparable y su timidez le resta un encanto que empiezo a sospechar detrás de los escasos monosílabos que suelta de vez en cuando. Probablemente, de tener que irse con alguno, Andrés arrastrará a su ‘pequeño cachorro’ con promesas de "buscar ‘más y mejores’ chicas".

A mi lado queda el ‘chico de ojos oscuros’ que resulta llamarse Juan. Un nombre que no me fascina pero que me es fácil de recordar, cosa que agradezco después de los cinco chupitos que llevo encima. Juan tiene los mismos años que Andrés, 26, y tiene esa belleza que aumenta a medida que le observas. Diría que más atractivo que guapo, pero tiene rasgos que me seducen. Mentón perfilado, nariz proporcionada, gran sonrisa y ancha espalda. Debe ser alto porque mientras manteníamos nuestra primera conversación en la que fuera su antigua mesa, estábamos ‘hablando’ casi cara a cara. Su pelo castaño da una sensación de falso despeinado, lo que me lleva a pensar que se cuida pero de una forma sutil.

Muy diferente a Raúl perfectamente peinado y depilado, muy del tipo Alberto. Raúl, de 27 años, es el último de los cuatro chicos y parece más despierto que el resto. Se ha situado entre Ana y yo, quizás intuyendo que somos las más dispuestas a seguir el juego o, tal vez, porque en el banco de los hombres no cabía nadie más y mi atrevimiento me aportaba más cercanía a ellos que el resto de sus nuevas compañeras, mis amigas. Los cuatro resultan ser, además de amigos, compañeros de equipo. Al parecer juegan al rugby, hecho que despierta nuestra curiosidad por el desconocimiento de que se practicara ese deporte más allá de en las películas como complemento extracurricular de los institutos americanos. Río para mí al imaginarme vestida de animadora, sin duda sería de las populares. Populares malas, y descubro una mirada cómplice en María tras el cometario de Silvia sobre “lo difícil que debe de ser agarrar el balón…” y, todas, sin excepción, fantaseamos acerca de lo bien que deben de manejar otras cosas mientras Andrés da detalles sobre el tiempo que le dedican a trabajar sus técnicas de juego.

Mientras la conversación continúa animada, Juan gira un poco sobre su silla y comienza una conversación conmigo en un tono muy distinto:
- Bueno, ¿y tú desde cuándo te presentas así en la mesas ajenas?
- Desde que el momento en el que me siento observada…
- ¿Tan evidente era?
- No tanto. Es que soy muy observadora. – Respondo mostrando una sonrisa de satisfacción evidente en mi rostro - Aunque a tu favor he de decir que yo también he dado pie…
- Me alegro que lo hayas hecho, aunque si te soy sincero cuando venías hacia nosotros con el chupito en la mano pensé que nos los ibas a tirar, o devolver, en el mejor de los casos.
- ¿Chupitos gratis? Ni de coña. – río mientras recuerdo la última ocasión en la que me habían invitado a uno. Había sido Mateo.
- Sí que te vendes barata… – contesta mientras me devuelve la sonrisa.
- ¿Perdona? – respondo casi indignada ante la sugerencia de insulto y veo en sus ojos una mirada de alarma, al entender que se ha excedido.
Mientras le perdono por su descaro noto la mirada de Andrés que sigue de lejos nuestra conversación tras aparecer Alberto con más cubatas y cervezas en nuestra mesa y entender –creo- el porqué del desinterés de Silvia. Andrés nos interrumpe aprovechando que le he mirado:
- Yo también he flipado un poco cuando has aparecido ante nosotros. No sabía que esperar… - comenta mientras hace una ‘caída de ojos’, en lo que intuyo es su ‘mecanismo de seducción’.
- Nada malo espero…- Le contesto con una vaga sonrisa.
- No. Ya sabía que una chica tan guapa no sería tan antipática como para rechazar una oferta de chupitos gratis. – Responde guiñándome el ojo.
Sonrío mientras noto como se recoloca de nuevo en sus silla Juan. Sabe que la ha fastidiado y se debate consigo mismo buscando la mejor forma de mejorar la impresión de su anterior cometario mientras sondea el grado de interés que me despierta el comentario Andrés a través de mi rostro.

Lo cierto es que no le culpo. Simplemente está tanteando el tipo de chica que soy y lo entiendo. Pero una mujer debe saber, independientemente de lo mucho o lo poco que haya de cierto en su comentario, que también debe dejar claros los límites si quiere tener alguna oportunidad contigo.
- No seáis buitres y dejad a la chica tranquila que ya nos lo ha agradecido antes… - interviene Raúl.
Creo que Raúl y Ana se parecen. Son muy sensibles a la hora de reconocer cuando estoy algo incómoda por ser el centro de atención. Es tras este último pensamiento cuando fijo mi segundo objetivo: Liar a Ana con Raúl.
- Es verdad. – responde Sergio mientras hace un intento de mirarme y sonreírme, que finalmente se queda en una mirada al vacío una sonrisa casi imperceptible.
- Bueno, bueno… ¿y vosotras de qué os conocéis chicas? – Continúa Andrés.
Y mientras María comienza el relato de nuestras hazañas durante la carrera, amigos comunes y trabajos a tiempo parcial… Yo me escabullo como puedo hacia la zona de los baños y mientras espero de pie, lo que me parece una eternidad, Alberto me intercepta.
- ¿Qué? ¿Cómo marcha la velada? – pregunta de manera sarcástica pero divertida.
- Esta entretenida.- le respondo con una medio sonrisa.
- He flipado cuando te has levantado… - comenta mientras recuerdo la cara de sorpresa que tenía al verme volver con los cuatro hombres hacia la mesa y pienso "¿otra vez? no…".
- Si eso estaban comentando pero quien no arriesga no gana… - respondo en un tono más vago de lo que pretendía
- Si eso dicen… y me gusta esa actitud.- contesta con unos ojos que me devuelven una mirada cómplice que entiendo aunque no me guste nada.
- Y, bueno, que me han dicho… ¿tú y Silvia?- Ahí voy con mi corte de tema tajante. Silvia es mi amiga y debo dejárselo claro.
- Eso parece… - y no noto que no le gusta mi cambio de tema.
- ¿Pero es en serio? – intento suavizar la situación y, de paso, averiguar de qué palo va este tío con Silvia.
- Ya veremos – contesta casi zanjando la conversación en torno a Silvia mientras baja la mirada.
- Cuídala – le digo mientras le miro dulce pero firmemente. Casi a modo de advertencia, que él entiende de inmediato.
- Cuídala tú, que el Action Men ese parece que se la quiera comer… - dice mientras desvía la mirada hacia Andrés que sigue en su empeño por despertar el interés de Silvia hacia sus musculosos brazos, los cuales ha posicionado perfectamente sobre la mesa para que marquen.
- Puedes estar tranquilo. No es nada interesante el chico. – le digo mientras rio para mí misma ante el espectáculo de ese narcisista que no ha tardado en despertar el interés de las antiguas fans que Alberto que ya no reclaman tanto su atención desde el otro lado de la barra.
- ¿No es tu tipo? – pregunta divertido pero también pícaro y volviendo a la intensidad de la mirada que antes me había molestado.
- Ni el de Silvia. – respondo volviendo a mi tajante actitud anterior.
- Esta bien saberlo. - termina Alberto aunque esta vez sin querer salirse de su papel conquistador y dejando una ambigüedad en sus palabras que me hace entender por qué triunfa tanto entre las estudiantes de primer año - Te dejo, que tengo que seguir currando – contesta mientras se refugia de nuevo tras la barra.
Finalmente entro al baño y mientras me retoco el maquillaje frente al espejo repaso la escenita de Alberto. "He despertado su interés, genial…", esa es la frase que me viene una y otra vez de forma sarcástica. Le siguen otras en forma de culpa por ayudar de alguna forma a su juego (a veces, se bien que mi actitud tajante no hace más que empeorar la situación) y otras reprobatorias ante mis pensamientos narcisistas casi tan deplorables como las actitudes de Andrés en la mesa. La diferencia es que él lo sabe y lo disfruta y yo me niego a mí misma la idea hasta sepultarla bajo capas de falsa modestia.

Sé que le intereso a Alberto, no tengo pruebas pero lo sé, las cosas se intuyen hasta que acaban sabiendo pero Alberto es listo, conoce que Silvia es mi amiga, y aún no ha dado un paso en falso. Nada que me lleve a poder argumentarle a Silvia su interés hacia mí y que no sea propia sugestión.

Tomo la decisión, mientras moldeo mi largo pelo castaño, de no darle mayor importancia y dejar que Alberto cabe su propio hoyo, si es lo que quiere, y decido salir al exterior ya que el escaso espacio del baño comienza a ser inexistente ante la entrada masiva de chicas a él. Nunca entendí porque esa necesidad de ir en manada… Si estas en la calle vale, pero ¿en un pub prácticamente vacío?

Salgo evadiéndome de mis pensamientos y justo al abrir la puerta aparece Juan.
- Hola
- Hola – contesto y me doy cuenta por su rostro que no está sorprendido. Debe de haber estado buscándome.

- Creí que habías desparecido.
- No. Estaba buscando chupitos gratis… - Lo sé. Estoy siendo demasiado sarcástica pero es que es una forma de ser en mí, casi tanto como el estar en ‘modo caza’.
- Siento si te ha molestado mi comentario de antes. No era exactamente lo que quería decir… - responde y aunque desde hace tiempo que sé lo que quería darme a entender continúo torturándole. Es mi juego.
- ¿Y qué es exactamente lo que querías decir?
- Me gustas. – dice tajante mientras mantiene la mirada fija en mis ojos.
- Pues bonita forma de decirlo. – contesto restándole importancia a la declaración.
Si algo he aprendido en todo este tiempo es que lo que dicen los hombres no suele arrastrar la misma importancia que tiene cuando lo dicen las mujeres. ¿Le gusto? Pues claro, pero en la misma medida que le gusta el deporte o la cerveza, e incluso menos porque yo, además, contesto.
- La lengua no es mi especialidad. – responde algo más animado y casi riendo entre dientas - Ya sabes… - termina mientras se señala su cincelado brazo.
- Una pena. La lengua es mi parte favorita. – contesto en un tono más caliente que sensual, casi invitándole a un nuevo reto, el cual sé que va aceptar.
- Y por qué no me enseñas…
- Eso te va a costar varios chupitos.
- Y ¿qué te parece si hacemos un trato? Yo te enseño a ejercítate – continúa mientras se toca el pelo y sonríe complacido - y tú me muestras cómo usar la lengua.
- ¿Está usted proponiéndome alguna cosa, señor? – respondo acercándome hacia él.
- Muy deshonesta además, señora. – contesta mientras corresponde a mi acercamiento.
- Me gusta cuando se trata de algo deshonesto… - y profundamente meto la lengua en su garganta para estremecimiento suyo y escándalo de las adolescentes que casi nos rodeaban.
El primer beso. Casi tan importante como la primera mirada. Dice bastante de la complicidad entre dos personas y Juan a diferencia de Mateo, no conecta de inmediato pero, poco a poco, va prometiendo.

Juan no es de besos demasiado profundos. A Mateo le encantaban los lametones, sucios, evidentes y llenos de sustancia que arrastraba sensaciones que supe que jamás reviviría con otro. Y mientras me recrimino a mí misma el estar pensando, de nuevo, en Mateo, especialmente mientras beso a Juan, percibo porqué resultaba algo incómodo. Es más alto de lo que había imaginado y queda algo antiestética nuestra posición, casi oculta tras la pared que separaba el acceso a los baños de la zona de mesas. Prácticamente la misma que había aprovechado Alberto momentos antes a quién había pillado de reojo mirando la escena con una cara que no se descifrar sencillamente porque no me interesa.

Y en esa incómoda posición continúo por varios minutos hasta que mi cuello dice basta. Juan también se recompone antes de intentar retomar la situación donde la habíamos dejado pero el problema persiste, aunque lo que no sabe él es que conozco el remedio…

Si me dices que sí, piénsalo dos veces.
Puede que te convenga decirme que no.
Si me dices que no, puede que te equivoques.
Yo me daré a la tarea de que me des un sí.
Si me dices que sí dejare de soñar y me volveré un idiota.
Mejor dime que no y dame ese sí como un cuenta gotas.
Dime que no, pensando en un sí y déjame lo otro a mí.
Que si se pone fácil, el amor se hace frágil y uno para de soñar.
Dime que no y deja la puerta abierta…

Canción ‘Dime que no'.
Disco ‘Quien dijo ayer’ (2008)
 Ricardo Arjona

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